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Dos Ciudades: ¿Cero Tolerancia? Robert O. Varenik
Además de ir en contra del desarrollo deseado del elemento policial, consume intensivamente los recursos. El milagro neoyorquino implicó una expansión de la fuerza policial por un margen de casi 25% , más que cualquier otra ciudad grande. Con su enfoque distinto San Diego logró sus resultados casi sin aumentar personal. Más policías y más detenciones implican que haya fiscales, jueces y otro personal suficientes para procesar y sancionar. Si ésta implica prisión, los costos aumentan aún más. También se corre el riesgo de que una persona con un expediente criminal leve, que bajo otra política no lo hubiera merecido, vaya a la cárcel bajo tolerancia cero sólo para salir al poco tiempo mejor educado para delinquir. Ahora, que ha sido la historia pertinente en nueva york? De las estrategias principales anunciados por el NYPD al iniciarse la época Giuliani en 1994, solo uno obedece al concepto de "mantener orden" o tolerancia cero: el retomar espacios públicos. Además de la famosa campaña contra los hombres que lavaban parabrisas, se planteó tácticas para acabar selectivamente con molestias y pequeñas ofensas que afectaban la calidad de vida cotidiana. Otros enfoques estratégicos — la venta o posesión de drogas y armas — se trataban de delitos de otra índole, pero por el tratamiento agresivo utilizado, se los asocia con tolerancia cero en la imaginación pública. Para atacar drogas y armas el NYPD animó a los policías callejeras (más o menos equivalentes a los preventivos acá) para obtener y ejecutar órdenes de aprehensión, es decir, usaban la masa policial para aplicar la ley. También desplegaron una unidad especializada (la Unidad de Crímenes Callejeros) para complementar a los elementos uniformados, agregando un elemento de sorpresa cuando llegaban, después de recibir un anónimo, para detener a un sospechoso. Todo esto funcionó bien hasta que el éxito creó demasiadas tentaciones, y conducía a una política que exigió no sólo orden y seguridad, sino menos tolerancia en búsqueda de cifras delictivas cada vez más bajas. A partir de 1997 se triplicó el personal de la Unidad de Crímenes Callejeros, lo que obligó a lanzar gente con menos experiencia y formación. Empezaron abiertamente a detener e interrogar personas (usualmente jóvenes negros o latinos), aparentemente para llenar cuotas exigentes. Mientras tanto, se redujo el personal dirigido a asuntos comunitarios. Las tensiones comunitarias se dispararon después de una serie de muertos de personas inocentes. Aunque estos casos fueron las excepciones, para muchos representaban la cosecha de una policía abusiva. Aun entre los que apoyaron la policía, eran señales de un problema sistemático. Por la prisa de desplegar más elementos, y aumentar tácticas que se creían eficaces, resultaron una falta de formación y sensibilidad y lapsos de supervisión y control institucional. Pronto diversas agencias abrieron investigaciones sobre las tácticas que se utilizaban. Al fin de los años 90 el NYPD sufrió una salida sin precedente de personal, particularmente gente de mayor experiencia, cansados de laborar dentro de un ambiente de hostilidad ciudadana y presión insoportable por capturas y cifras. Hubo también serios problemas de reclutamiento. Al Sr. Bratton le gustaba decir que manejaba la policía como negocio, con énfasis en resultados, y la ganancia era el descenso criminal. En esto se equivocó. Como en cualquier negocio, de esta ganancia hay que restar los costos que en se incurrió al generar los resultados. Vale tomarse en cuenta los costos sociales y económicos, lección que México debe aprender antes de vendérselo. |
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