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Dos Ciudades: ¿Cero Tolerancia?

Robert O. Varenik

La cuestión que al parecer escapa a todos los políticos y comentaristas en el D.F. estos días es ¿qué tal es esa tolerancia cero que está trayendo Rudolph Giuliani?

El asunto del Sr. Giuliani es (parafraseando a García Márquez) la crónica de una consultoría anunciada. A lo largo de la última década acá se escucharon con el resto de mundo, del descenso extraordinario del índice delictivo neoyorquino, el renacimiento del turismo, la reversión del éxodo de negocios, mientras veían a su alrededor una delincuencia sin precedentes que amenazaba a todos los sectores y clases económicas. De mis visitas al DF desde 1997 recuerdo el deseo insistente de saber, cómo lo hicieron en Nueva York. Ahora el triunvirato del jefe de Gobierno, su secretario de seguridad pública y un fidecomiso de élite del sector privado están decididos a descubrir el secreto y tenerlo para sí mismos y su ciudad. En época electoral, el Giulianazo ha generado una atención intensa hacia el partido gobernante y un debate irremediablemente politizado sobre los meritos y deméritos del traer la receta neoyorquino al D.F.

Debe ser obvio que la tolerancia cero —actuar en contra de cada infracción —es imposible. Pero si bien la frase carece de contenido literal, se la deriva de una filosofía de seguridad pública, y está reflejada en prácticas concretas que intentan reducir ciertas conductas. En su manifestación más común, está dirigida a pequeñas infracciones percibidas como indicadores de un ambiente que conduce a crímenes más graves. Mantener así el orden (según la teoría) y prevenir dichos delitos.

William Bratton, el primer comisionado del NYPD bajo Sr. Giuliani, y sus principales asistentes negaban que la tolerancia cero fuera lo que prescribieron o practicaban en Nueva York. Al iniciar su mandato, se desarrolló estrategias más dirigidas a delitos graves; las tácticas en contra de conductas leves formaban una parte relativamente menor, y fue hasta después, cuando los índices empezaron a bajar, que aseveraban que estos resultados se podían atribuir al enfoque sobre asuntos menores.

Hay otras razones para cuestionar el papel de dichas tácticas. Es debateable si tolerancia cero explica el descenso delictivo. Considere lo siguiente:

  • En las principales ciudades de los Estados Unidos hubo descensos significativos. La taza taza de los "crímenes de índice" (los siete delitos recopilados en los Uniform Crime Reports del FBI) cayo entre 1994 y 2000 con un por medio de 22.8% en diez de las ciudades más pobladas. Phoenix (26.6%), Chicago (27.2), Los Angeles (37.7%) San Diego (42.3%) y Nueva York (50.2%) vieron los resultados mayores.
  • En algunos de estos lugares se veían resultados importantes utilizando métodos muy distintos de los neoyorquinos. La policía comunitaria en San Diego utilizaba un tercio menos de personal por cápita que Nueva York y el uso creativo en Boston de intermediarios claves catolizó el combate del crimen juvenil con un mínimo de tensión racial (mientras el NYPD sufrió tensiones mayores por las tácticas policiales). Mientras tantos, en otras ciudades se experimentaron descensos significativos sin aplicar una nueva estrategia.
  • En cada uno de los tres años antes de Giuliani, el crimen disminuía. Entre 1990 y 1994 incluso, los crímenes de índice por capita bajó 25.5% utilizando los métodos que según el entonces candidato Giuliani, no funcionaron.
De hacer obligatorio castigar conductas que antes fueron más sujetas a decisiones individuos, implica acabar con la discrecionalidad del elemento. Pero el ejercicio constante de buen juicio es talvez la característica central del trabajo policial. Los policías idóneos no son meramente funcionarios administrativos, sino que oficiales cuyo ejercicio del poder refleja su experiencia y inteligencia practica.

Además de ir en contra del desarrollo deseado del elemento policial, consume intensivamente los recursos. El milagro neoyorquino implicó una expansión de la fuerza policial por un margen de casi 25% , más que cualquier otra ciudad grande. Con su enfoque distinto San Diego logró sus resultados casi sin aumentar personal.

Más policías y más detenciones implican que haya fiscales, jueces y otro personal suficientes para procesar y sancionar. Si ésta implica prisión, los costos aumentan aún más. También se corre el riesgo de que una persona con un expediente criminal leve, que bajo otra política no lo hubiera merecido, vaya a la cárcel bajo tolerancia cero sólo para salir al poco tiempo mejor educado para delinquir.

Ahora, que ha sido la historia pertinente en nueva york? De las estrategias principales anunciados por el NYPD al iniciarse la época Giuliani en 1994, solo uno obedece al concepto de "mantener orden" o tolerancia cero: el retomar espacios públicos. Además de la famosa campaña contra los hombres que lavaban parabrisas, se planteó tácticas para acabar selectivamente con molestias y pequeñas ofensas que afectaban la calidad de vida cotidiana. Otros enfoques estratégicos — la venta o posesión de drogas y armas — se trataban de delitos de otra índole, pero por el tratamiento agresivo utilizado, se los asocia con tolerancia cero en la imaginación pública.

Para atacar drogas y armas el NYPD animó a los policías callejeras (más o menos equivalentes a los preventivos acá) para obtener y ejecutar órdenes de aprehensión, es decir, usaban la masa policial para aplicar la ley. También desplegaron una unidad especializada (la Unidad de Crímenes Callejeros) para complementar a los elementos uniformados, agregando un elemento de sorpresa cuando llegaban, después de recibir un anónimo, para detener a un sospechoso.

Todo esto funcionó bien hasta que el éxito creó demasiadas tentaciones, y conducía a una política que exigió no sólo orden y seguridad, sino menos tolerancia en búsqueda de cifras delictivas cada vez más bajas. A partir de 1997 se triplicó el personal de la Unidad de Crímenes Callejeros, lo que obligó a lanzar gente con menos experiencia y formación. Empezaron abiertamente a detener e interrogar personas (usualmente jóvenes negros o latinos), aparentemente para llenar cuotas exigentes. Mientras tanto, se redujo el personal dirigido a asuntos comunitarios.

Las tensiones comunitarias se dispararon después de una serie de muertos de personas inocentes. Aunque estos casos fueron las excepciones, para muchos representaban la cosecha de una policía abusiva. Aun entre los que apoyaron la policía, eran señales de un problema sistemático. Por la prisa de desplegar más elementos, y aumentar tácticas que se creían eficaces, resultaron una falta de formación y sensibilidad y lapsos de supervisión y control institucional. Pronto diversas agencias abrieron investigaciones sobre las tácticas que se utilizaban.

Al fin de los años 90 el NYPD sufrió una salida sin precedente de personal, particularmente gente de mayor experiencia, cansados de laborar dentro de un ambiente de hostilidad ciudadana y presión insoportable por capturas y cifras. Hubo también serios problemas de reclutamiento.

Al Sr. Bratton le gustaba decir que manejaba la policía como negocio, con énfasis en resultados, y la ganancia era el descenso criminal. En esto se equivocó. Como en cualquier negocio, de esta ganancia hay que restar los costos que en se incurrió al generar los resultados. Vale tomarse en cuenta los costos sociales y económicos, lección que México debe aprender antes de vendérselo.


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